Balance del año: positivo.

Siendo 30 de enero de 2014, pintó hacer balance del año. De haber pensado cómo hubiera sido el 2013, a fines del 2012, no hubiese habido chances de que le hubiese acertado a un décimo de las cosas que me pasaron este año. Todavía tengo fresco el momento en que salí de Ezeiza con destino a Delhi.



Fue en ese momento que despegó el avión que dije “puta, estoy yendo a India”, y por primera vez empaticé con todos los que me decían ¡¿A INDIA?!. Me corrió un frío de miedo que iba desde qué pasa si no me gusta el trabajo, qué pasa si no me adapto a la cultura, ¡¿qué pasa si no entiendo el acento?! Mil dudas que en mi cabeza se habían mantenido bajo control, de repente afloraron como si hubiesen estado esperando el momento de entrar en ebullición. ¿QUÉ HAGO? pensé. “Primero, tengo que mantener la calma. Segundo, ya estoy en camino así que no hay vuelta atrás. Tercero, soy la única que tiene control de mi vida, así que pase lo que pase, voy a aprender a manejarlo.” Y sin entrar en pánico, puse “Life of PI” (como si fuera a acostumbrarme al acento indio con una película de dos horas). Sin tener noción de en qué hora estaba viviendo y después de unas cuantas horas de viaje, llegué: “Welcome to Indira Gandhi International Airport”. Haber vuelto al aeropuerto hace unas pocas semanas, me recordó cómo fue mi primer contacto con él. Quilombo, olores, un par de monjes, un policía sikh que camina en dirección opuesta por la cinta eléctrica, una señora en Sari que anda en patas, la pareja de extranjeros hippie, el nene que llora. Una mezcla de variedades que conviven en perfecta sinfonía. Nada más descriptivo que la pura India en sí. El aeropuerto transmite esa extraña sensación que oscila entre “llegué a Miami”, donde todo está impecable y la gente se desplaza en Segway; y “me transporté a los años ’60”, en el instante en que salís del aeropuerto y está rodeado de conductores de Ambassadors blancos gritándote “Ma’am Ma’am taxi taxi”. Todo exactamente igual al momento en que llegué. Ese día, el sueño, el repentino calor excesivo, el esfuerzo sobrehumano por entenderle el acento a quien me llevaba y la calle, en general, empezaron a hacer un cóctel de sensaciones en mi cabeza. Los templos que asoman sus cúpulas, los trishuls entre medio de los edificios, las autopistas modernas, las casas arruinadas, el metro, los mendigos, los monos, el olor, los perros, la sensación de que te van a chocar todo el tiempo, los colores, las telas, los nenes corriendo, la gente, más gente y más gente. India tiene un gran conjunto de cosas y sensaciones que generan esa dicotomía entre “qué carajo estoy haciendo acá” y “wow, quiero conocer todo”, todo parte de la relación amor-odio que uno construye desde el primer momento en que llega. Desde que pisé este país no hubo un sólo día en el que haya dicho “no aprendí nada”. Tener que ver las cosas de un modo distinto, abrir la mente e intentar librarse de los condicionamientos que la cultura, la sociedad y nosotros mismos nos imponemos, te enseña cosas nuevas – sobre todo de uno – todos los días. Haciendo una introspección de qué fue lo que más aprendí este año, podría decir: a cuestionarme, a tener paciencia, a ser incondicional y a ser fiel a mi misma. Cuestionarse no implica intentar responder preguntas ni tampoco comprender. Cuestionarse implica observarse en una situación desafiante y preguntarse, ¿qué me pasa? ¿qué es lo que me molesta? ¿por qué?. Es mucho más fácil hacerlo cuando el entorno genera situaciones que podrían generarle a uno incomodidad, y encontrar que la razón que genera incomodidad en realidad no es tan importante como para dejarla que le moleste a uno. Vivir en lugares tan difíciles, hacen la vida mucho más fácil. Hace pensar que los problemas, en general, nunca deberían llegar a la categoría de problemas, si la solución a dicha situación no es extremadamente difícil de encontrar. ¿De qué sirve invertir tiempo en pre-ocuparse o en hacerse un problema de algo solucionable fácilmente? Es mucho más fácil dejar las cosas fluir, entender que si esa situación se presentó es porque algo tiene por enseñar, buscarle la solución a lo que sea que debe solucionarse y… ¡ya! Y eso está muy relacionado al otro punto. Paciencia. Mierda que aprendí a desarrollar la paciencia. Cuando casi todas las situaciones en las que uno se encuentra, están fuera del control de uno, ¿de qué sirve desesperarse?. Ya no me estresa estar atrapada en un congestionamiento de tráfico, no me desespera tanto que tarden en darme algún documento cuando algo tan importante como una Visa puede tardar más de 2 meses, y no me quejo tanto de situaciones que me sobrepasen por el simple hecho de no poder controlarlas. Hace un par de años leí el libro del Dalai Lama “El Arte de la Sabiduría” (uno de mis favoritos) y hay un planteo que siempre me quedó dando vueltas en la cabeza: Imaginate que te pasa algo malo. Imaginate cuál es la peor consecuencia de esa situación. Llegá al fondo del asunto y pensá cuál es la peor consecuencia, ¿es tan grave la situación inicial? A veces por falta de paciencia uno se desespera sin sentido y lo único que genera es niebla que no te permite ver la solución a la situación que se presente.

Ser incondicional es una de las actitudes más difíciles de lograr, pero una de las que más paz le traen a uno. En general, el ser humano actúa por interés, y eso es lo que siempre nos enseñan, ¿no? Uno generalmente hace cosas porque espera algo a cambio ¿Y qué pasa si las cosas no pasan cómo uno espera? Entonces la frustración y decepción aparecen, y a lo único que lleva eso es al sufrimiento. Cuando uno hace cosas sin esperar nada a cambio, por el sólo hecho de hacerlo, y disfrutar ese momento sin tener pretensiones acerca de las consecuencias o de lo que pueda suceder en el futuro, entonces uno aprende a vivir más feliz. Cuando uno aprende a vivir sin condiciones, que es lo que “incondicionalmente” significa, todo se ve con ojos distintos y cualquier situación que tuviera potencial de lastimarnos, entonces no lo hace, porque si uno no espera nada a cambio de lo que hizo, esa decepción no llega, por ende el sufrimiento no se genera. Más fácil decir que hacer, lógico, pero como casi todo, es 1% de teoría y 99% de práctica. Por último, ser fiel a mi misma. Al caer de repente en una cultura diferente, con gente distinta y desconocida, a uno no le quedan más opciones que primero confiar en uno mismo. Al menos hasta no conocer las reglas del juego, uno no aprende a confiar del todo. El único de los sentidos que siempre funciona y nunca falla, es la intuición, pero es el más difícil de escuchar. La única manera de no desviarse del propio camino, es escuchar a la propia brújula. Si uno siente, aún sin conocer, que algo o algo en alguien no está bien desde el principio, generalmente así es. Por más que uno decida no escuchar al instinto y proceder como a uno le parezca, si éste en un principio te hizo pensar “acá hay algo que no anda bien”, en algún momento, las situaciones que procedan te van a demostrar que efectivamente “algo ahí no andaba bien”. Mismo con las buenas sensaciones. Si desde el principio, algo dice que está bien, generalmente así lo va estar. A veces es cuestión de ver las mismas situaciones con otros ojos para darse cuenta que uno no conoce a las personas que tiene al lado y reconocer que esas cosas pasan por no confiar en la intuición.



En definitiva, todo lleva a lo mismo: ser más uno. Mantenerse fiel a uno mismo, seguir los instintos y seguir creciendo sobre esas bases te enseñan básicamente a tener más paz interior, y tener más paz interior te lleva a ser más feliz, así de simple. Veamos qué aprendizajes depara el 2014… #vivirenIndia #India #Delhi #Balance #Aprendizajes

  • White Facebook Icon
  • White Instagram Icon
  • White LinkedIn Icon

© 2018 by Jessica Oyarbide.