12 horas en Frankfurt

Nuevamente en Frankfurt. Llego desde Delhi, un año después de haber realizado el mismo recorrido a la inversa. Me subo al tren donde el ambiente no me termina de agradar. Creo que es la falta de olores intensos, las personas con auriculares y las comisuras de la boca de la gente que, mayoritariamente, apuntan hacia abajo.


Miro hacia mi alrededor, nadie me devuelve la mirada. Cada cual se encuentra inmerso en su micromundo, sumido en sus propias mentes, ensimismados. ¿Tendrán tanto para ocuparse como para despreocuparse de lo que les rodea?. Tengo frío. Un día atrás estaba en musculosa, con un calor que colmaba todas las salas, y hoy, mis orejas están congeladas y coloradas.

El tren frena en una estación. Observo a la gente en la plataforma que miran fijos las pantallas de sus smartphones. Qué shockeante resulta esa imagen después de mucho tiempo de no haber estado en el “primer mundo”. Después de todo, esto es lo normal, ¿no?. Nadie me mira. Podría decir que me había olvidado de la sensación de estar en un lugar sin ser notada, sin que nadie te devuelva una sonrisa o una mirada de curiosidad. Acá, ahora, soy uno más y no soy nadie.

Qué rara me siento. Voy a hacer la prueba de fuego que hacía en el metro en Delhi cuando el viaje era largo y me aburría: contar cuántas sonrisas me devuelve la gente que me observa. Me dispuse a sonreír en ese tren frío, con gente vestida con ropa oscura y pesada y miradas que apuntan hacia el suelo. No me sorprende, el retorno de sonrisas es bastante bajo. Las pocas miradas curiosas que levantan la vista ante alguien sublevándose de tal manera a llegar al punto de… sonreír, devuelven una mirada de complicidad y ya.

Es como si una fuerza sobrenatural le sostuviera la cara a algunas personas, que intentan, pero no pueden sonreírle a un extraño por el simple hecho de hacerlo. Como si desde adentro una voz los retara y los corrigiera diciendo ¿qué haces? ¿sos loco?. Mantén ese cachete rígido. Qué difícil. Es como si fuera un pecado. 

Son las 8 a.m. en Alemania y todo está cerrado. El sol brilla, es una buena compañía para el frío. Me dispongo a caminar sin rumbo, hasta que encontré una German Bakery de verdad, que sin dudas me hizo la mañana. En India está lleno de "German Bakery" por todos lados, que son como panaderías en donde podés encontrar croissants y ese tipo de cosas, pero que de "German" no tienen nada. Con la cabeza hecha un bombo me senté en una plaza a desayunar y observar a las palomas.

Un par de días antes de irme de Delhi conocí a un franco/polaco que se jactaba de ser gran observador de palomas parisinas. Realmente son bichos súper interesantes. Más allá de que las traten de ratas con alas, es notable observar cómo siempre hay un macho tratando de seducir a una hembra inflando su cuello como arma de seducción, emitiendo un sonido grave y persiguiéndola a pesar de ser rechazado una y otra vez. Cuántas cosas que vemos todos los días, realmente no las vemos. Mientras cientos van de camino al trabajo con su café en mano, tantos otros palomos están buscando conquistar contra viento y marea a una compañera paloma.

Siguiendo a mis pies, atravesé accidentalmente un mercado de carnes de una manzana de largo. Ya hacía más de un año que no sentía ese aroma tan fuerte y penetrante a carne cruda. Con mucho asco me hace pensar en el mensaje que estaba a la salida del templo de Akshardam, donde había estado el día anterior, donde un muñeco de un ternero le preguntaba a su madre, “Mamá, ¿por qué ellos se comen a nuestros bebés, si nosotros no nos comemos a los de ellos?”. Fuerte. Tengo que hacerme la cabeza de que estoy haciendo una escala desde India, el lugar donde las vacas son hiper sagradas, a Argentina, donde las vacas son hiper sagradas en el asador.

Qué loco es pensar que tantas realidades coexisten simultaneamente. Mientras en este momento, yo estoy en Alemania, sentada en un banco al lado del rio, sin escuchar bocinas, donde la gente frena para dejarte pasar, donde las personas caminan con paso firme y todo pareciera estar hecho con regla y lupa, en la otra punta del hemisferio hay miles de autos chocadores entre sí, personas gritando en la calle mientras conversan, millones de bocinas sonando al unísono y contaminando el aire externo como ningunos. Qué superfluo es el concepto de “realidad”.

Se está poniendo cada vez más frío. A lo lejos escucho campanas, así que se me ocurre visitar la catedral. Siguiendo el sonido, llegué. La última iglesia católica que visité en el último año se encontraba cerca del templo Sikh, en Delhi, donde, para darse una idea, el cuadro de Jesús tenía leds de colores y parecía el cabecilla de una barra brava católica.

Entrar a esa catedral de Frankfurt me generó un shock bastante grande. Un edificio gigante, colores oscuros, miles de cuadros y figuras que colgaban de las paredes y ninguna de las personas de los cuadros esbozaba una mínima sonrisa. Reinan las expresiones de dolor y sufrimiento. Jesús ciñéndose sobre la falda de María, con su vientre cortado y chorreando de sangre. Dolor y miedo, eso siento ahí dentro.

Los devotos besan los pies de la estatua, pagan 50 centavos de euro para encenderle una vela y siguen de largo. Listo, transacción realizada con éxito, puede poner su contador de pecados en cero. Es muy loco pensar que si la #iglesia es “la casa de #Dios” y si “Dios es amor”, lo que se puede observar y sentir es dolor, sufrimiento y castigo. Eso no es #amor.

Salí caminando hacia el teatro de la música, como para ver si por lo menos podía llenar mis oídos de música clásica antes de volver al aeropuerto y no tirarme del puente. Frené a comer a un par de cuadras de allí y en frente mío frena un chico en bicicleta cargando un instrumento en una funda con un patch de un OM. Sacó un banquito, un sombrero, un trípode y partituras y con una flauta de caña empezó a tocar una de mis favoritas, el Canon en D de Pachelbel. ¡Excelente! Es increíble cómo las cosas se manifiestan solas. 

De regreso al tren para volver al aeropuerto, me llaman mucho la atención los mendigos. Siendo parte del paisaje, como sucede en cualquier ciudad grande, acá me dio la sensación de que ni siquiera se sentían personas. Son bultos de lana, que sin asomar su cara, extienden su mano sosteniendo un vaso, en un intento desesperado de conseguir un par de centavos. Una actitud de completa resignación a todo y aceptación de que “no son nadie”. Me acerqué a una señora que, mirando hacia el piso, tenía la cara más triste que había visto en toda la peatonal, me agaché hasta quedar al mismo nivel suyo y le dije “madame, do you want them?” (madame, ¿las quieres?) y le ofrecí un paquete de ositos de goma que venía felizmente comiendo. Levanto la mirada y esbozó la mirada más grande que vi en toda la mañana. Sin dientes pero con sinceridad.

A veces el simple hecho de hacerle notar a alguien que existe y demostrarle que pueden sonreír, puede generar un impacto que uno no se imagina. Dar sin esperar recibir, de eso se trata. Vuelvo al aeropuerto en el mismo tren. Con sentimientos encontrados, un dejo de nostalgia e incertidumbre de lo que suceda en las próximas horas, pero muchas vivencias para procesar.

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© 2018 by Jessica Oyarbide.